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Bienvenidos a la periferia

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Aquí no se escucha ni un gallito

Por Héctor Nuno González La amargura entró por el olfato, el único de sus sentidos que no había envejecido, Augusto maldijo los estragos del tiempo cuando notó que el río apestaba. Se preguntó qué ocurría en el mundo que las aguas dejaron de oler a naranjas dulces. Aquella madrugada no pudo dormir, sentado en el asiento del copiloto, miró a su hijo aún dormido y lamentó, por primera vez en su vida, la nitidez con la que siempre oía sus pensamientos.  Aquel viaje imprevisto a la ciudad, consecuencia de achaques recientes y dolores infranqueables de la vejez, le tenía el alma atribulada. Recordó las montañas de su juventud y a los sonámbulos que cruzaban el puente en noches donde los espíritus insomnes no encontraban otras gentes de quién burlarse.  Deseó con vehemencia un pocillo de café recién colado, si era con jugo de caña del ingenio donde se hizo hombre, mejor. Extrañó sus obligaciones de conuquero y las cosechas de melón, fruta incapaz de comerse pero a la que atribuía el...

El corresponsal: En ejercicio de mis funciones

  Final de la calle Zamora, San Carlos Por Héctor Nuno González   En ejercicio de mis funciones, conocí al amor de mi vida. En ejercicio de mis funciones, vi el reparto de pellejos en la era del pote de humo. En ejercicio de mis funciones, se multiplicaron los tremedales. En ejercicio de mis funciones, maquillaron fachadas y abandonaron la periferia.  En ejercicio de mis funciones, vi políticos honestos y mentirosos. En ejercicio de mis funciones, conocí la verdad en el rostro de la gente.  En ejercicio de mis funciones, constaté el abandono del campo, sus personas y caminos.  En ejercicio de mis funciones, mantuve el cable a tierra que impide perfumar el estiércol.  En ejercicio de mis funciones, sentí piedad por almas de próceres. En ejercicio de mis funciones, topé con presidentes, ministros, cancilleres, caníbales, magos, escritores, narcisos y tal vez un difunto.  En ejercicio de mis funciones, una monarca mandó a cortar mi cabeza.  En ejerci...

El corresponsal: La periferia invisible

Imagen de IA Por Héctor Nuno González, CNP 25.248  Escribo para que la gente recuerde, a propósito de un mundo dominado por la fealdad audiovisual y el empeño de los supremacistas de siempre para que consumamos su ideología, productos y servicios.  Las desigualdad en Venezuela crece a paso de vencedores y en Cojedes se expresa de formas diferentes. Una vuelta por Tinaquillo, Tinaco y San Carlos ofrece un retrato; Otra por la periferia, es decir Girardot, Rómulo Gallegos, Ricaurte, Anzoátegui, Lima Blanco y El Pao para ver otro panorama. Eso sin mencionar lo que el poeta Miguel Mendoza Barreto llama la "periferia invisible". Basta caminar un poco con los sentidos alerta para darse un baño de realidad. Pero caminar con mucho cuidado de no caer en el hueco que dejó Hidrocentro con su respectiva fuga de aguas servidas, tropezar la losa que reportó como casa culminada la Gran Misión Vivienda o, si es de noche, chocar con algo en la oscuridad ante la ausencia de electricidad.  ...

La Rosa más bella del baile

Por Héctor Nuno González  En un pueblito llamado Jiriguaren vivía Rosa María, una trigueña encantadora que desde muy pequeña mostró virtudes excepcionales para el baile del joropo y, muy especialmente, el acompañado con el violín. Con solo trece años, acudía a las fiestas vestida de limpio y con una flor en el pelo, presumiendo su andar pasitrotero y su cuello de jirafa.  Mucho había siempre por hacer en aquellos caseríos remotos y pobres, dedicados por entero a la agricultura. Rosa María era oficiosa y ayudaba a sus padres incluso más de la cuenta, para no tener problemas en la gestión de sus permisos. Limpiaba el borde de los maizales y de la yuca, lavaba todos los días el chiquero de los cochinos, con su canto curaba a las gallinas cluecas, les acomodaba los nidos y cuidaba los huevos de lagartijas prehistóricas; cuando se lo permitían, también pilaba el maíz para las arepas, en un pilón con su mano tallado en madera de cedro.  Era tan virtuosa en el zapateo, moviendo ...

"A esta hora exactamente"

"Es honra de los hombres proteger lo que crece" Por Héctor Nuno González  Van por ahí, sigilosos y con una tristeza en la mirada imposible de ignorar: "Señor, ¿Me puede colaborar para comer comprando caramelos"?  Deberían estar en la escuela, pero en las mañanas merodean en locales de venta de empanadas. Deberían estar a resguardo familiar bajo un techo digno en las noches, pero los vemos en los restaurantes y sitios de comida rápida. Buscan una estrella en el sitio del hambre en los rincones de San Carlos, Tinaquillo y demás ciudades de Venezuela.  Armando Tejada Gómez escribió su poema "Hay un niño en la calle" en 1958, dejando reflexiones hoy vigentes y que van ilustrando este escrito. Nos invita a emplazar el funcionamiento de un mundo donde pocos tienen tanto y la mayoría tiene poco y nada.  ¿Qué haces aquí a esta hora, mi pana?, pregunté una vez. "Mamá está de cumpleaños, quiero llevarle un regalo. Yo doy todo por ella. Ya me falta poquito"...

La enfermera de los ojos verdes

  "Todo pasa por algo". Odiaba esa frase con todo mi corazón, hasta el día que conocí a la enfermera de los ojos verdes, en aquel marzo de sabanas y sábanas ardientes. Yo, acostumbrado a fallar más que Shaq O'Neal desde la raya de tiros libres, me sentí "bañado en leche", como decía mi abuela, cuando aquel ángel dorado se acercó a mí para inyectarme un calmante que aliviara el dolor, después de la brusca caída de la moto en la avenida circunvalación. Sus ojos eran verdes como esmeraldas, su piel de lirio blanco debía provocar la envidia de las ninfas y la serenidad de sus gestos podía tranquilizar hasta a Moby Dick. El médico de guardia interrumpió mis observaciones y cavilaciones: -Tiene fractura de tibia, el resto son golpes menores; necesitamos tenerlo unas horas más para aplicar antibiótico. Esas horas anunciadas por el galeno tuvieron más atención de mi parte que el diagnóstico y el estado de mi golpeada pierna derecha. Me dolía, sí; pero la presenc...