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Aquí no se escucha ni un gallito

Por Héctor Nuno González

La amargura entró por el olfato, el único de sus sentidos que no había envejecido, Augusto maldijo los estragos del tiempo cuando notó que el río apestaba.

Se preguntó qué ocurría en el mundo que las aguas dejaron de oler a naranjas dulces.

Aquella madrugada no pudo dormir, sentado en el asiento del copiloto, miró a su hijo aún dormido y lamentó, por primera vez en su vida, la nitidez con la que siempre oía sus pensamientos. 


Aquel viaje imprevisto a la ciudad, consecuencia de achaques recientes y dolores infranqueables de la vejez, le tenía el alma atribulada.


Recordó las montañas de su juventud y a los sonámbulos que cruzaban el puente en noches donde los espíritus insomnes no encontraban otras gentes de quién burlarse. 

Deseó con vehemencia un pocillo de café recién colado, si era con jugo de caña del ingenio donde se hizo hombre, mejor.


Extrañó sus obligaciones de conuquero y las cosechas de melón, fruta incapaz de comerse pero a la que atribuía el poder de espantar las ánimas burlonas con su olor primaveral 


Lamentó hacerse viejo, siempre creyó que moriría siendo mozo y aún capaz de retar los senderos por donde aparecía la sayona u algún otro espanto quejumbroso.


Aquella madrugada cayó en todas las trampas de la nostalgia, hasta que decidió que llegar a viejo es como pastorear el olvido. 


Allí estaba, pensando en el silencio del mundo cuando su hijo despertó: Esperaba ese momento para decir, con la mayor pesadumbre jamás sentida: "Caramba, por aquí no se escucha ni un gallito".

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